Melodía encadenada

Una dulce melodía de saxofón se escapaba aquella noche por la ventana del séptimo piso de uno de tantos edificios de la ciudad madrileña. Una música triste, que todos ahí fuera oían, pero nadie escuchaba, bañaba la noche.


Se había acostumbrado a ignorarla, como se ignoran los insectos que se estrellan en el parabrisas o la lluvia que repiquetea sobre el paraguas; y a aceptarla, como un elemento más del entorno urbano. Pero cada noche esas notas de música triste acompañaban miles de escenas que sucedían en esa ciudad al mismo tiempo.
Aquella noche, el saxofón fue la única compañía de un transeúnte solitario, que buscaba en los bares, en esos licores de fuego, el calor que no encontraba en el hogar desde que su mujer lo abandonó. Buscaba, en aquellas peregrinaciones nocturnas una felicidad que le costaría volver a sentir.
La melodía llegó a la escena fúnebre de una muerte recién ocurrida en el hospital de la esquina. Esas notas secundaron el llanto rabioso de la mujer destrozada que observaba impotente un cuerpo que palidecía hasta confundirse con la luna.
El transeúnte solitario llegaba a casa, a las tantas, y la soledad lo envolvía, la casa estaba fría y la oscuridad invadía las estancias. Unas estancias sin vida, por las que se paseaban miles de imágenes de recuerdos pasados. Imposible dormir, pero casi mejor, en realidad, porque cerraba los ojos y aún la veía, incluso con más nitidez que con ellos abiertos. Dormir quedaba descartado y dedicaba sus noches a ahogar sus tristezas en el fondo de bares de barrio.
La mujer destrozada caminó hasta su casa con paso cabizbajo y los sentidos alerta por si la noche quería sorprenderla. Atravesó las calles de edificios grises, con la mente muy lejos de allí. Sus pasos atravesaron el portal y subieron las escaleras, quejumbrosas a su paso. Sacó las llaves, pero se le hacía imposible entrar en casa.

Las llaves cayeron y ellas fue detrás. Con la espalda contra la puerta, lloró la rabia acumulada, en secreto contenida, vomitó el dolor de una muerte repentina, preguntándose cómo volvería a caminar por aquellas estancias sin vida, llenas de imágenes y recuerdos, en las que solo la abrazaría la oscuridad.
Cansada, agotada, sacó un paquete de cigarrillos. En aquel momento, la puerta de enfrente se abrió. La mujer destrozada miró al transeúnte solitario y, alzando el paquete con mano temblorosa, preguntó:
-¿Un cigarrillo?
Él se acercó y alargó una mano vacilante para coger uno. Ella buscaba un mechero. Él tenía uno. Ambos cigarrillos brillaron en la oscuridad del rellano. La música se había apagado hacía rato.

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