El niño y la muerte

Una pequeña muchedumbre, envuelta en la oscuridad de su ropa, avanza con paso lento entre quejidos y llantos desgarradores. Unos pocos hombres de semblante grave y mirada húmeda, transportan una caja de madera, simple, casi tosca, sin ningún adorno.

La comitiva sigue adelante balanceándose a cámara lenta, siguiendo a un párroco taciturno que, con sus oraciones, los lidera. Todos ellos buscan consuelo en sus palabras, aun sabiendo que éste no se encuentra en ellas.

A una distancia prudencial, un niño de unos ocho años, con traje gris y pelo castaño peinado con raya en medio, lo observa todo lleno de curiosidad, preguntándose qué podría haber ocurrido y quién iría ahí dentro.

-Es por un entierro- respondió una voz a su lado- se dirigen al cementerio.

El niño se giró sobresaltado y miró a la figura que, adivinando sus pensamientos, le había respondido . Era alta y delgada, casi esquelética, extrañamente pálida y vestía ropas de seda negra que la cubrían por completo, dejando solo las manos y parte del rostro al descubierto. A su manera, era bella.

-¿Quién eres?

-Mi nombre no importa por ahora.

El niño no le dio importancia y volvió de nuevo la vista al grupo de personas.

-¿Podemos seguirles? Nunca he visto un entierro.

La figura asintió desde la oscuridad de su capucha y ambos se unieron a la comitiva funeraria, que no pareció percatarse de su presencia.

El niño se sentía intimidado por el silencio, pero la curiosidad acabó siendo más fuerte y, en susurros, preguntó a su acompañante:

-¿De qué ha muerto?

-De abandono.

-No te entiendo

-Tenía tifus, y su familia prefirió encomendarse a Dios en lugar de acudir al médico. Habría podido vivir.

-¿Por qué hicieron eso?

-Es difícil saber los motivos que llevan a las personas a hacer ciertas cosas.

El niño calló. Pero al cabo de un rato, volvió a preguntar:

-El ataúd es pequeño, ¿Era un enano?

-No, era un niño.

Ante estas respuestas el niño asentía, creyendo comprender.

Entonces, reparó en una mujer, la única que no lloraba y la más cercana a los endebles tablones que simulaban el ataúd. El niño corrió hacia ella entre la multitud, abriéndose paso a empujones que nadie parecía notar, y gritando “mamá”. Pero ella no lo oía y siguió sin oírlo a pesar de que él había llegado hasta ella y gritaba con todas su fuerzas entre lágrimas, mientras trataba de agarrar su ropa para llamar una atención que nunca llegó.

Agotado, el niño se detuvo, cabizbajo, con los ojos llenos de lágrimas, mientras la multitud, ajena a todo ello, seguía avanzando dejándolo atrás. El niño vio a su  madre alejarse y fue en ese momento cuando lo comprendió todo.

La realidad lo golpeó de súbito. La realidad ardía y helaba al mismo tiempo. Con la vista aún fija en ella, preguntó, aunque ya sabía las respuestas:

-Quién eres?

-Soy La Muerte.

-¿Quién va en el ataúd?

-Tú .

El niño se mordió el labio inferior y miró a La Muerte.

-¿Dónde me vas a llevar?

-Ya lo verás-

  Ésta le tendió una mano blanca, que el niño agarró y no volvió a soltar.

 

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4 comentarios en “El niño y la muerte

  1. Me ha venido a la memoria un sueño de cuando era niño que tenía totalmente olvidado, en el que me pasaba una situación parecida: Yo estaba muerto, pero podía ver y oír a los vivos que comentaban cosas propias de mi entierro, pero no podía comunicarme con ellos. En realidad tuve, en diferentes épocas de mi niñez, tres o cuatro sueños en los que yo estaba muerto, unos fueron placenteros, como si fuera al cielo, y otros una pesadilla. La impresión que me causaron fue tan grande que me ha venido el recuerdo después de muchos años. Creo que los sueños, además de la vida de vigilia, también marcan el espíritu.

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    1. Guau! Pues es impactante tener sueños así siendo pequeño, no me extraña que te marcaran. Por un lado, es halagador que mi relato haya reavivado un recuerdo de hace tiempo, por otro, ya lo siento jajaja. En cualquier caso, gracias por compartirlo. Un abrazo.

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