Noche de humo

Se paró junto a mí y sacó un cigarrillo. La llama del mechero iluminó la oscuridad y prendió el tabaco. Cerró los ojos disfrutando de la calada, al tiempo que el humo escapaba lentamente entre sus labios.

Apoyada contra mí, observó la noche tranquila y fría. Los pocos paseantes que aún quedaban por las calles, andaban con pasos rápidos, hundiendo la cabeza en sus bufandas y gabardinas, sin darse cuenta de que nuestras miradas los seguían atentamente.

Nueva calada. El humo subía y se deshacía en la noche invernal. Una calada más y el cigarro se acabaría, y entonces no ella ya vería al corredor poniéndose en forma, al perro seguido de su dueño bostezante, a la pareja que se quería en un banco. Si no se lo hubiera acabado tan rápido, habría sido testigo de todo ello y mucho más. Pero prefirió aplastarlo bajo su bota y alejarse de mí en la oscuridad.

No sabía si la volvería a ver. Ante estos pensamientos, mis ramas se agitaron nerviosas, despertándose mi rugosa corteza, que desde hacía años me había mantenido en pie, ahí, vigilante y testigo de las vidas, idas y venidas de miles de personas veloces y cabizbajas. Personas demasiado ocupadas para darse cuenta del mundo que les rodea y que prefieren aplastarlo bajo sus pies.

2 comentarios en “Noche de humo

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