Una buena receta

Una vez que hubo reunido los ingredientes: espaguetis frescos, mantequilla, queso, una trufa, sal y pimienta; se puso manos a la obra.

Puso a cocer la pasta en la vieja olla que heredó de su abuela. Una vez que estuvo blandita, la depositó con cuidado en un bol caliente. «Añadir la mantequilla, el queso, la sal y la pimienta»,   leyó en la receta. Una vez cumplido este paso sonrió con satisfacción, pensando, «seguro que así la enamoro», y comenzó a mezclarlo todo. Levantó la vista del bol y miró el reloj circular que decoraba la pared de su moderna cocina. » Estará a punto de llegar». Sonriente, canturreando animadamente, fue a vestirse para su cita.

Estrenó los caros vaqueros azules que se había comprado especialmente para la ocasión. Remangó las largas mangas de la camiseta, que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Se miró en el espejo, se arregló el pelo y se echó colonia, una suave y agradable fragancia, cuyo anunció prometía el éxito amoroso.

Volvió a la  cocina, rayó la trufa sobre los espaguetis y los sirvió en sendos boles azules que hacían juego con las violetas  cuyos colores alegraban la pequeña mesa, tenuemente iluminada por dos velas, con romántica intención.

En ese preciso instante sonó el timbre, sintiendo un gran nerviosismo, y con un bol aún en la mano, abrió la puerta dejando el picaporte bañado en sudor. Una bella mujer apareció, con un vestido negro, que ceñido a su cuerpo, resaltaba su esbelta figura. Su encanto se completaba con una sonrisa burlona y unos ojos vivaces, que se clavaron en los suyos durante unos instantes, antes de entrar en la casa con gran resolución.

«Bonita casa», comentó sin dejar de sonreír, consciente del influjo que producía.

«Gracias» contestó tontamente. » Que guapa está, joder», pensó aún con el bol en la mano. Al darse cuenta de ello, se dirigió a la mesa para dejarlo. Las piernas le jugaron una mala pasada debido al nerviosismo, y antes de que pudiera impedirlo, un tropezón provocó que los espaguetis, llenos de mantequilla y queso, fueran a parar al vestido de la atónita chica, cuya sonrisa se transformó en una mueca de asco y disgusto; truncando por completo sus esperanzas de enamorarla.

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