Lemon tea

Sus manos acariciaron la taza que contenía el humeante líquido, acercándola un poco a la nariz y aspirando su aroma. Sin duda, el plan perfecto. Observó su té, moviendo suavemente la taza de un lazo a otro, queriendo descifrar el futuro que sus posos le reservaban. Sorbió ruidosamente el té, con ligero sabor a limón. Así era el té de verdad, con limón. Al menos eso solía decir su abuela. «Ay, su abuela», cómo la echaba de menos. Sus abuelos había sido para ella como uno segundos padres. Recordó la cantidad de tiempo que había pasado con ellos cuando era pequeña, mientras sus padres trabajaban.

Su abuelo, un hombre serio, culto e inteligente, le enseñó a pensar por sí misma. Para ella, fue imprescindible la confianza en ella misma que su abuela siempre trató de infundirle. La seriedad de su abuelo siempre le dio miedo, desde luego mientras fue pequeña. Pero al ver que su abuela no lo veía igual,  con el tiempo fue cogiendo cariño a ese hombre adusto que tanto acabó enseñándole.

Mientras saboreaba otro sorbo sentada en el sofá observó las nubes grisáceas que cubrían el cielo. “Parecen pequeños algodones”, recordó que alguien le dijo una vez al tiempo que le ponía una manta sobre los hombros y se sentaba a su lado, en ese mismo sofá, con una cálida sonrisa.

La irrupción de aquel recuerdo turbó su paz. Echaba de menos a ese alguien. Ese alguien fue su novia durante unos años, ya no importa cuántos, solo importa que fueron los más felices que recuerda. Se prometieron un para siempre, que como suele suceder no pasó. Un buen trabajo en otra ciudad rompió ese infinito, alejándolas y arrojándola a ella en una vida amorosa sin interés. Había habido chicas desde entonces, pero se aburría pronto y pasaba a otra cosa. Que cruel parecía, ¿verdad? Tal vez lo fuera, pero merecía serlo, por una vez ella sería la cruel.

Un nuevo sorbo endulzó sus pensamientos y decidió acercarse a la ventana. En aquel momento, un rayo partió el cielo dando comienzo una terrible tormenta que la hizo estremecerse. Se abrigó un poco con la manta y dio otro sorbo al té.

Las gotas golpeaban los cristales de la ventana sin compasión. Era muy difícil distinguir nada, tal era el agua que en ellos se acumulaba, pero a ratos, cuando las gotas resbalaban, el exterior ofrecía uno de los más felices recuerdos de su infancia.

Se vio a sí misma, de niña, con unos siete años, en un día lluvioso como aquel, saltando de charco en charco para disgusto de su madre, desesperada ya ante una hija tan poco preocupada por que su vestido nuevo siguiera pareciéndolo. “¡Deja de saltar! ¿Vas a manchar el vestido!”- gritaba su madre. Pero la lluvia siempre había despertado en ella una euforia difícil de contener. Se sentía libre cuando llovía. Sentía que nada podía detenerla. Se quitaba la capucha y miraba al cielo, intentando mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para observar el el cielo plomizo sobre ella. Ese recuerdo la llevó a aquella curiosa historia que su abuela solía contarle mientras la ayudaba a preparar la comida:

“Hubo una vez, el cielo más azul y brillante que puedas imaginar. La gente detenía lo que hacía para poder observarlo, aunque tan sólo por unos minutos pues el resplandor era cegador. El sol, acompañante del cielo, preso también de su belleza,  acabó enamorándose de él. Pero todas la noches, el sol debía ceder su puesto a la luna y en ocasiones las nubes ocultaban el cielo de su vista. El sufrimiento del sol era tan intenso que decidió no separase nunca más del cielo. Dejó de ocultarse por las noches y cuando las nubes se acercaban, su calor y su luz eran tan intensos que estas se esfumaban. Dejaron de existir los días nublados, la lluvia o la noche, dando paso a interminables días de calor asfixiante. Esta situación acabó por tener serias consecuencias para el mundo de debajo. Los campos y los ríos comenzaron a secarse. Ya no había ríos y los animales y las gentes comenzaron a morir de sed. Nada crecía ya sobre la tierra y los animales y las gentes comenzaron a morir de hambre. La luz duraba el día entero, así que era imposible dormir y el calor era tan intenso que los pájaros caían y se estrellaban contra el suelo incapaces de soportar el abrasador reflejo del sol.

Las nubes observaban todo aquello con rabia e impotencia. Debían hacer algo y decidieron buscar a la luna para hallar la solución. No fue nada fácil, ya que el poder del sol había crecido mucho y la luna se había convertido en un pequeñísimo astro, sin apenas brillo, escondido en un remoto rincón del cosmos. Las nubes tuvieron que suplicar mucho a la pobre luna, atemorizada como estaba. Finalmente, acabó cediendo y prometió ayudarlas.

Pusieron el plan en práctica enseguida. La luna se acercó al sol tratando de llamar su atención. Cuando éste se giró, su resplandor se reflejó en la luna, cegándolo unos instantes. Instantes que las nubes aprovecharon para interponerse entre el sol y el cielo. Nada más hacerlo, el cielo se nubló y se desató una gran tormenta con abundantes lluvias que duraron una semana entera, restaurando la vida en la tierra. Desde aquel momento, las nubes siempre andan cerca, incluso por la noche, para evitar que el sol vuelva adueñarse de todo, instaurando un verano eterno. Y cada vez que el sol intenta conquistar el cielo de nuevo las nubes arrojan rayos y truenos contra él.”

Sonrió al recordar su propia cara de asombro y admiración cuando su abuela le contaba esa historia. En aquel momento, un rayo partió el cielo y, con un nuevo sorbo, imaginó a las nubes advirtiendo al sol que no volviera a cometer el mismo error de antaño.

Se dio cuenta de que a ella le había pasado algo parecido. Nubes oscuras dominaban ahora su vida y no había un día que no fuera consciente de ello. 

Volvió a abrigarse con la manta. Siempre le había encantado esa manta. En otro tiempo fue de un color verde intenso, que con el paso del tiempo había ido perdiendo intensidad y brillo hasta convertirse en un verde lánguido…Como ella.

Esa manta había vivido tiempos mejores, había estado con ella desde que se mudó a aquella casa. Mucho antes de hecho. Recordó cómo aquella manta había sido una de las que ella y sus primos utilizaban para construir fuertes en medio del salón para disgusto de su padre, que ya no podía sentarse en el sofá a leer el periódico. Era la única manta que podía conseguir que se durmiera en el sofá. Así que cuando se independizó, fue incapaz de abandonarla, y dejó de ser una manta de una persona, para convertirse en la manta de una vida de dos.

Durante dos años, fue la manta para acurrucarse, la que echar por encima de la cama en las noches frías cuando la calefacción se había estropeado. Después, pasó a ser la que le servía de colcha cuando le tocaba dormir en el sofá, y lo único a lo que abrazarse cuando no podía más. Por eso, fue de las pocas cosas que conservó tras la separación.

Un suspiro empañó levemente el cristal. Se preguntó cómo podían cambiar tanto las cosas en un momento y por qué siempre hay alguien que tiene que salir perdiendo.

Ya era de noche. Escrutó la negrura como si fuera a hallar en ella la respuesta. Pero la ventana sólo le devolvía una silenciosa quietud, perturbada por el maullido lastimero de un gato. Resignada, bajó la cabeza y, con un último sorbo, apuró el té. Después, apagó las luces y se fue a dormir. Mañana sería otro día.

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