Ovejas descarriadas

Siempre me gustó hacer cosas por los demás. Desde muy pequeño, mostré un carácter dulce y generoso que empleé en ayudar a los demás, colaborando con el cura de mi pueblo como monaguillo, para orgullo de mi madre. Demostré tener vocación para poner la otra mejilla y, por eso, el padre Juanjo comunicó a mi madre que estaba preparado para convertirme en un siervo del Señor. A los 18 años ingresé en el seminario, convirtiéndome en el primero de mi promoción. Mi actitud devota y voluntariosa quedó pronto demostrada por mis labores con los más desfavorecidos y obtuve el puesto de párroco en una bonita iglesia. Me habían informado de que mi rebaño estaba un poco descarriado, pero confiaba en tener capacidad para devolverlo al redil.

Nada más llegar a mi parroquia, decidí dar una paseo por el pueblo así tendría la oportunidad de charlar con los fieles.

La primera persona que encontré fue una anciana, vestida de negro, sentada al sol frente a su rústica morada. La saludé sonriente, anunciándole que a partir de aquel momento yo me encargaría de las labores eclesiásticas. La buena mujer se limitó a mirarme con aire suspicaz, torciendo la boca de forma desagradable. Cuando la abrió, dejando entrever su único diente de color grisáceo, un horrible chillido salió de ella: “¡¡¡¡¡¡Josefina!!!!!!”.

El nombre que pronunció debió de ser una señal para que la mujer así llamada vertiera sobre mí, desde la ventana del primer piso , el agua helada de una regadera.

Quedé empapado, y congelado a pesar de que un enorme sol brillaba en el cielo primaveral. No puedo negar que mis ánimos también se enfriaron, pero decidí no mostrar mis sentimientos y saludé respetuosamente a ambas mujeres, que se reían a carcajadas, orgullosas de su hazaña.

Cuando eché a andar de vuelta a mi parroquia, mis zapatos emitían un cómico sonido de chapoteo al andar que provocó la risa de unos niños que aparecieron de repente, seguramente atraídos por las risas escandalosas de las mujeres. Nada más llegar a mi cuarto, me los quité, así como el resto de la ropa. Desnudo se estaba mucho mejor.

Mi cuarto era sencillo, austero, de hecho. Una cama, una mesilla y un pequeño escritorio constituían todo el mobiliario de mi cubículo. Sobre la mesilla, una Biblia. Me senté, desnudo como estaba, sobre la cama y abrí la Biblia con la esperanza de hallar el camino que debía seguir.

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