Con el río por testigo

El calor apretaba aquella tarde. Salí de la habitación para escapar del sofocante ambiente que había en ella y me asomé al balcón. Apoyado en la barandilla de piedra blanca, observé las vistas de ensueño que se me ofrecían hacia una cascada cuyas aguas caían a cámara lenta para estrellarse, en violenta espuma, sobre el río cristalino. El rápido vistazo inicial hizo que mis ojos ignoraran la escena que inundaría mis sueños a partir de aquel momento.

Donde la cascada​ era frenada por una inmensa piedra de la pared rocosa y el agua era obligada a fluir con más dulzura, una mujer de melena negra y piel blanca tomaba una ducha natural debajo. El agua resbalaba por su cuerpo, dejando pequeñas gotitas sobre sus hombros, pasando por su vientre y escondiéndose entre sus piernas para volver al agua en la que estás se hundían, sin dejarme verla al completo y despertando en mí cierta furia contra ese río que la ocultaba de mí.

Decidí acercarme para verla mejor, así que dejé el balcón para salir de la habitación. Una vez fuera del hotel, cogí el camino que se adentraba en la espesura y animado por mis instintos más primarios, avancé guiado por el sonido del agua. Me escondí tras unos arbustos cercanos a la orilla,  buscando a aquella mujer con ávida mirada, temeroso de que se hubiera marchado, pero aún estaba allí, aprovechando la frescura del agua.

La miraba agazapado en la maleza como un animal al acecho. Me asusté al descubrirme a mí mismo así, al darme cuenta de que era preso de un extraño hechizo que había anestesiado mi conciencia humana. Sacudí la cabeza y me obligué a recuperar la compostura. A pesar de ello, seguía siendo un vulgar espía y deseé que hubiera algo de artista en mí​ para retener aquel momento en un sitio menos volátil que la memoria. Pero la falta de talento me mantuvo como mero observador furtivo y cada atardecer a la misma hora acudía a la orilla del río y allí estaba ella, en el mismo sitio, así que yo dejaba que mis ojos se llenaran de aquella belleza que sólo el arte era capaz de retener.

Un día me vio y me miró y sentí que su desnudez era en realidad la mía. De pronto me vi como Dios me trajo al mundo, hechizado por esa mirada intensa y profunda que desde la distancia me observaba retadora. 

El sol del atardecer se recortaba sobre su cuerpo desnudo, todavía húmedo. El agua se reflejaba en su rostro y en sus ojos, confiriendo a ambos un nuevo brillo, el brillo salvaje de quien no tiene intención de ocultarse. Descubrí que lejos de avergonzarse de su desnudez, había conseguido que yo me avergonzara de haber violado su intimidad en aquel paraíso salvaje de bosque y agua. 

Sintiéndome fuera de lugar y sin  poder sostener por más tiempo aquella  mirada, acabé marchándome con la maleza y la oscuridad nocturna como único amparo y con la certeza de que no olvidaría nunca lo ocurrido.

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