Sobre un suelo de madera

Llovía, pero tampoco mucho, más bien chispeaba y hacía frío, aunque más bien hacía fresco. En cualquier caso, en la pequeña buhardilla, tan pequeña como acogedora, no hacía frío, ni siquiera fresco, de hecho, hacía calor.

El modelo, un chico de pelo cobrizo y mirada escurridiza, intentaba torpemente mantenerse en la posición correcta, mientras procuraba pensar en otra cosa que no fuera la vergüenza de tener su pálido y pecoso cuerpo desnudo, algo que lo hacía enrojecer como el adolescente delgaducho que era. Además, debía reprimir las ganas de taparse con las manos y de soplarse los molestos mechones que le caían sobre los ojos.

Pero no era fácil,  y la atenta mirada de la artista lo ponía nervioso.

Ésta, lo observaba con la expresión crítica de un científico, y esos ojos, tan azules como intensos, eran los culpables de que su mirada fuera escurridiza. Y por si fuera poco ella llevaba un rato con el grueso lápiz de dibujo quieto.

– ¿Podrías dejar de mover los ojos?

Sentada sobre una banqueta muy alta, descansaba sus manos sobre los muslos, sin dejar de mirarlo. No sonreía, pero tampoco parecía enfadada, estaba tranquila y relajada. Su tono había sido suave y su voz cálida. Pareció notar el nerviosismo de su modelo por lo que esbozó una media sonrisa que para alguien poco atento pasaría desapercibida.

– La mirada es lo más difícil de captar y si no paras de mover los ojos no podré terminar el dibujo.

– Ya…Lo siento…Es que…

– ¿Estás nervioso?

– Un poco…

– ¿Es tu primera vez?- preguntó la artista levantándose, y al ver la cara de sorpresa de él,  añadió burlona, – como modelo digo.

-Ah…pues…sí

-¿Y te está gustando?

– Es…bueno…No está mal…

Ella lo miró con gesto de incredulidad, mientras llenaba dos vasos.

– …hace un poco de calor…- aventuró él.

– Cómo te llamas? – preguntó ella tendiéndole uno de los vasos.

– Mateo- contestó observando el líquido, sin reconocer en él ninguna sustancia conocida.

– Mateo…- repitió ella colocando dos cojines en el suelo de madera,- siéntate.

Él se sentó con el vaso en la mano mirándola expectante, ella se sentó también pero dejó el vaso a un lado y se encendió un cigarrillo. Aunque con el olor que inundó la sala, Mateo se dio cuenta de no era un cigarrillo cualquiera.

– ¿Quieres? – ofreció ella.

Mateo negó con la cabeza.

-¿Te da vergüenza estar desnudo?

-Un poco…

-¿Por qué?

-Me siento desprotegido.

-A veces es bueno sentirse así.

-¿Bueno? ¿Cómo va a ser eso bueno?

– No es tan terrible- río- La ropa sólo te consigue una falsa sensación de seguridad que desaparece en cuanto te la quitas. Tu problema es que no te gusta tu cuerpo y usas la ropa para ocultarte, y no sirve de nada ocultarse. Y con esto no digo que vayas desnudo por la calle, eso no está bien visto. 

Mateo sonrió tímidamente.

-Lo que digo es que te sientas a gusto con tu cuerpo, contigo mismo… Esas cosas… Así te dará menos vergüenza desnudarte. 

Mateo pensó que aquello sonaba muy bien, pero la práctica siempre es más difícil. Mientras lo meditaba, preguntó:

-¿De qué es este zumo?

-Pruébalo- replicó ella con un guiño.

Estaba rico, pero seguía sin saber qué era.

-Si me dejas acabar el dibujo te lo diré- dijo mientras se levantaba.

-Bueno…Pero dime tu nombre, que tu sabes el mío.

Ella se giró y por primera vez el pudo sostener su mirada de océano salvaje.

-Lidia.

Él se levantó, y se sentía diferente, ya no le molestaba estar desnudo, se había apartado los mechones de la frente, y miraba a Lidia a los ojos, sin vacilar, aunque aún tenía un poco de calor…

 

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