Hasta nunca, cariño

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No voy a mentirte. La primera vez que vi que no estabas, me dolió. La primera vez que vi que a nuestro armario le faltaba la mitad de la ropa, que las baldas del baño estaban medio vacías, y que no quedaba café, me sentí solo.

La cama y el sofá se me hacían grandes, y tenía frío, nunca pensé que pudieras generar tanto calor. Incluso eché de menos dejar de ver 10 segundos de cada uno de los programas de la tele en un ciclo sin fin. Imagina cuál era mi desesperación si sentía cierta añoranza de los domingos en los que tu padre me preguntaba si seguía haciendo dibujitos en cómics, sugiriéndome que me buscara un trabajo de verdad.

Aunque ahora que han pasado tres meses reconozco que tiene sus ventajas. Ya no tengo que aguantar los interminables monólogos de tu madre sobre las maravillas del matrimonio.

Puedo moverme cuanto quiera en la cama, sin contener la respiración esperando tu «estáte quieto de una vez». Puedo tumbarme en el sofá y ver incluso una película entera.
Ahora mis camisas y camisetas no se arrugan en una silla, mi espuma de afeitar está en su sitio y mi champú no está escondido tras miles de frascos que en realidad no te servían para nada.

La verdad es que me costó, pero me he acostumbrado al té, e incluso lo prefiero.
No te echo de menos, y me extraña haberlo hecho. Solo tengo miedo de que vuelvas.

Inatentamente, hasta nunca.

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